Mostrando entradas con la etiqueta Castellón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Castellón. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de junio de 2016

MEDITERRANEAN EXTREM: LA CRÓNICA

A principios de febrero, mientras volvíamos de vuelta a casa tras rodar dos días con la bici de carretera por Castellón, contemplábamos desde la autovía paralela al mar, el interior de lo que es la segunda provincia más montañosa de España. Hablaba con Óscar de lo dura que era esta zona para el ciclismo, acordándome de los momentos vividos en la Gigante de Piedra y en los bonitos puertos que habíamos subido con los amigos de la Unión Ciclista Zaragoza.



Mientras charlábamos me comentó que pronto volvería a esta zona para correr una prueba de tres días por etapas en equipo mixto. Le pregunté por la prueba y me contestó: "Una etapa creo ya tiene 4000 metros acumulados...", rápidamente le contesté: "Puff, en este terreno es una barbaridad. En la Gigante ya te digo que eran unos burros con los desniveles y los kilómetros no pasan".

Quién me iba a decir, que a falta de menos de un mes para la prueba, me llamaría Óscar para ofrecerme la plaza de su compañera Clara Pirla, quien se iba al desierto a correr en la Titan, y no podía asistir. Una oferta para correr en el equipo IberoBike-Vitoria Bikes by Atika en la modalidad de parejas que no pude rechazar, a pesar de que sabía de sobras que no llegaría preparado a una fecha demasiado próxima para mi.



Además, el mes de marzo no acompañó para nada el tiempo y nos presentamos en Castellón sin haber salido ni un kilómetro juntos, y habiendo rodado de corto tan sólo cuatro veces. Así que las dudas por mi parte eran muchas y ninguna por parte de Óscar, que venía de Andalucia Bike Race y la Vuelta a Ibiza y su calidad está más que contrastada.

Primera etapa: Castellón - Morella: 142 km 4400 metros

"La etapa reina"

Salimos desde el centro de la ciudad sin ni siquiera amanecer. Optamos por no llevar luces y los primeros kilómetros se hicieron dificultosos por la rapidez y las complicaciones en los cruces, al no ver bien la pantalla del GPS. Enseguida amaneció sobre un mar de nubes superpuesto sobre el verdadero mar; fue sin dudarlo una de las imágenes más bellas de la prueba mientras subíamos a un ritmo demasiado alto.





Cuando podía mirar el pulso veía que iba muy elevado para una etapa que nos iba a llevar unas diez horas, según lo previsto. Solamente los primeros descensos por sendero me hacían recuperarlo, y así fuimos hasta que comenzaron las subidas más largas, encadenadas con bajadas por sendero muy roto y completamente rellenas de pedrolos.



Las horas pasaban y tuvimos la suerte de ir acompañados por dos castellonenses, que a ritmo continuo, nos iban dando información de primera mano sobre el terreno que bien conocían.



Mi compañero y yo fuimos poco a poco congeniando muy bien; él marcaba la velocidad de subida con su característico pedaleo de pie infinito, y yo me adelantaba en los técnicos senderos y le iba cantando las partes más complicadas.


Finalizaríamos la etapa en las empinadísimas rampas del conjunto amurallado de Morella, en un tiempo de 9 horas y 27 minutos, quedando terceros por equipos y los 50 de la general.




La etapa resultó muy dura y yo la bautice como una 3/4 de la Gigante de Piedra. Salvando los falsos llanos y los pasos de ramblas, el resto habían sido rampas en las que el monoplato de 28 o el doble plato de 32/24 fueron los desarrollos ideales a mover en todo momento. Cero descansos en las bajadas y pasos por los pueblos  por calles en las que la delantera no quiere más que encabritarse.



En Morella el despliegue de la organización fue espectacular, como lo había sido a lo largo de los avituallamientos. Es una organización que cuida al corredor en todo momento y crea un ambiente único. 




Segunda etapa: Morella - Morella: 60 km 1900 metros
"Endurally"

Tras el etapón de ayer, la de hoy fue una sorpresa en forma de recorrido endurero. Morellasingletracks había sido la encargada de diseñar esta etapa buscando los buenos senderos de la "Ainsa de Castellón". 


Mal colocados en la salida, sufriríamos tapones continuos en las primeras sendas. Hoy salíamos junto a los participantes que corrían las dos etapas del fin de semana y enseguida se notaba quiénes llevábamos ya 4000 metros de desnivel en las piernas.


El recorrido fue una sucesión de bucles que buscaba el máximo de sendero, pero con la dificultad justa para no resultar pestoso en una bicicleta rígida.


Atravesamos rincones preciosos de los que apenas pudimos disfrutar, pero en los que se intuía el gran potencial que tiene esta zona para la práctica del enduro.




Ganar 2000 metros de desnivel en menos de 60 kilómetros ya presagiaban que la velocidad media iba a ser ridícula y así lo fue.




Una etapa empañada por la caída de Óscar, en la que rompió el casco, por culpa de un tocón mal recortado, como los numerosos que había en los senderos recién limpiados .





Tercera etapa: Morella - Benicassim: 119 km 2400 metros
"Cadáver sobre ruedas"


La etapa anterior finalizó para mí en una fiesta gastronómica. Comí como un poseso repitiendo todos los platos que ofrecía la organización, y a ello le sumé una suculenta cena, que bien por indigestión o por tomar algún alimento en mal estado, acabó en una noche horrible.


A las cuatro de la mañana no pude más y me levanté de la cama sabiendo que iba a vomitar. El silencio del albergue se rompió con mis arcadas y mientras lo hacía pensé que la Medextrem se había acabado para mi. Volví a la cama silenciosamente para no interrumpir el sueño de nuestros compañeros de habitación y de Pilar y Lourdes que nos acompañaban en las etapas de Morella.  A las cinco y media de la mañana sonaba el despertador, la salida era a las siete y el estómago no admitió comida. Lo intenté, sabía que era necesario pero aún así acabé de nuevo vomitando. Me vestí sin fuerzas y destrozado. Pilar y Óscar me aconsejaron que no saliese pero les convencí que saldría para probar. Tenía la esperanza que tal vez  fuese a mejor y que de no haber tomado la salida me arrepentiría después.


En el trayecto de coche al pabellón, donde guardábamos las bicis, me mareé. Me monté en la bicicleta y subí hacia la meta con todo metido sin sentir muy bien el equilibrio. Sentí que era el momento de guardar la bici y volver al coche. No sé que fue lo que cambió esa balanza de la sensatez a lo absurdo, pero allí se inició el contador al mayor sufrimiento que me esperaría después.


Me comprometí con Pilar y Óscar a retirarme en el primer avituallamiento si seguía igual y así, todavía de noche, tomamos la salida por las bellas calles de Morella. Enseguida comenzamos la primera subida del día pero por suerte fue por asfalto. Cualquier bache me pinchaba en el estómago como si dentro tuviese una caja de alfileres. 
Pedaleé con la cabeza torcida e intenté beber pequeños tragos del bidón de sales. En un pequeño repecho, un eructo acabó convirtiéndose en un vómito encima del cuadro de la bici. Me paré a mitad y mareado me dejé caer en la cuneta debajo de una carrasca. Vomité como jamás lo había hecho antes, hasta el punto en el que lanzaba toda la comida y líquido hasta la mitad del camino y los que venían detrás tenían que esquivarlo... por mi mente se me pasó que en qué lugar había ido a retirarme. Estaba en el culo del mundo, lejos de carreteras y hacía frío. El resto de participantes que me adelantaba me miraba con cara de pena cuando ví que Óscar no estaba; en ese momento se había adelantado y no me ha visto parar. Me incorporé y noté un alivio dentro de mí al haberme librado de cualquier rastro de la comilona del día anterior. Pedaleé la subida de nuevo con alegría. Me noté mejor y ví a Óscar delante que ya bajaba a buscarme. Seguí y adelanté con rabia a alguno de los que ni siquiera me habían preguntado por mi estado. Pedaleamos por unos páramos fríos en los que se sentía la soledad de los Ports y su abandonado territorio. El avituallamiento estaba cerca, solamente quedaba bajar.


Allí nos esperaban Pilar y Lourdes. La cara de mi mujer era de preocupación, me dolía el estómago a rabiar y Óscar ya no me decía nada. Observé el perfil dibujado en el dorsal y ví que el terreno era favorable hasta la primera subida dura del día. Decidí seguir y me pegué a la rueda de mi compañero para que me quitase todo el aire posible y siguiese la navegación por mi. Yo seguía con mi cuello torcido mirando de reojo la pantalla del GPS; el paisaje y todo lo que me rodeaba se envolvía en una penuria. Cuando llegamos a la base de la Sarratella me dí cuenta de lo bajo que estábamos. Comenzamos la subida con rampas brutales en las que Óscar me empujaba y en las que agradecí enormemente llevar mi desfasado triple plato. 
El dolor no iba a menos y alcanzamos un avituallamiento sorpresa. A mitad de una curva y con mucho por subir, ofrecían un plato de jamón de bellota con chupitos de "powerade". La organización era espectacular y Óscar le clavó bien el diente al jamón mientras yo sentía frío y ganas de vomitar de nuevo. Uno de los médicos de la organización (había varios e iban con bicis eléctricas por el recorrido) se percató de mi piel de gallina. Me diagnosticó lo que me pasaba sin decírselo, porque al parecer no era el único al que ayer algo le sentó mal. Le pedí que me diese algún analgésico pero se negó si no me retiraba. Me auscultó la piel y las pupilas y me comentó que no tenía síntomas de deshidratación. 


Continué más tranquilo pero igual de jodido. La pista finalizó en un sendero de luchar que sin dudarlo lo habríamos hecho a cero. En lugar de eso, subí andando con la mirada al suelo. Los kilómetros no pasaban y el sendero en el que acabamos se convirtió en el peor momento de la etapa. No era capaz de controlar la bici y bajé muchos tramos a pie. En ese momento oí una voz familiar por detrás, era Chus, un buen amigo de Castellón que se sorprendía de verme tan atrás. Oí a Óscar decirle que hoy no era yo, y cuando me rebasó me dio ánimos. Un apoyo que junto a los de otro médico que nos comentó que íbamos sobrados en el horario de corte, y que bebiese líquido en lugar de sales, serían cruciales. Me dije a mi mismo que iba a acabar, era solo cuestión de horas.


En el segundo avituallamiento del día nos esperaban Pilar y Lourdes de nuevo. Habían tenido que sacrificar su día de playa por mi encabezonamiento preocupadas por mi salud. En este pueblo mi estómago aceptó la coca cola y dos lonchas de jamón de york. Sería el único alimento sólido que comería en toda la etapa. El azúcar de la coca cola fue bien absorbido por mi cuerpo. El dolor desapareció, olía a mar y me fui dando ánimos a mi mismo en silencio. Le dí la noticia a Óscar y pedaleamos sabiendo que aún quedaba mucho. El siguiente avituallamiento y último se hallaba a los pies del Bartolo, en el Desierto de Las Palmas. Un monte que se alza imponente sobre el mar. La última subida del día se encontraba en el kilómetro 100, un puerto de cerca de 800 metros de desnivel que subí sufriendo y con empujones de Óscar. Mi cuerpo no pasaba de 130 ppm a pesar de subir rampas del 22%. No le quedaba nada, llevaba siete horas de pedaleo sin comer y sin apenas beber. Coroné y vi el mar como un gran charco en calma. Las lágrimas corrían por debajo de mis gafas, lo habíamos conseguido. Tocaba bajar todo el desnivel de golpe pero parte seria por sendero. Un sendero delicioso, roto, de tierra roja y espectacular. Un postre inmenso a la Medextrem en el que yo sin embargo, era un cadáver a pedales. Apenas retenía la bici y por momentos pensé que aún no había llegado a meta. Entramos en las calles de Benicassim y una moto de la policía local nos escoltó con la sirena a todo trapo. Cuando enfilamos el paseo marítimo, toda satisfacción y todo el agradecimiento a mi compañero por cuidarme hasta el mínimo detalle fue poco.


En la meta me tumbé en el césped junto a una palmera. No tenía fuerzas, mi cuerpo se había comido todo. Tenía frío, estaba reventado pero feliz. Mis compañeros Pablo y Antonio, de Cruzados BTT, se alegraban de verme. Llevaban ya mucho tiempo esperándonos. Mi ritmo había sido ridículo para esta etapa pero aún así habíamos podido terminar séptimos por equipos. 



Ahora en frío, algunos amigos me preguntan si lo volvería a hacer. Si se hubiese tratado de una prueba de un día, la respuesta es clara: me habría retirado, pero una prueba de tres días brutal, como la Medextrem, con un compañero excepcional, bien mereció pasar el día más duro de mi vida a pedales.

318 kms // 9075 metros // 21h 20´en movimiento. Estas son las cifras de la Medextrem vividas por nosotros. Un carrerón de 10.







lunes, 8 de junio de 2015

IV GIGANTE DE PIEDRA: RETO CONSEGUIDO





Fue a finales del año pasado cuando vi en alguna revista el anuncio de esta prueba de la que no había oído jamás. Presumía en su publicidad de ser la prueba de un día más dura de España y sus datos eran muy similares a otra mítica, como lo es la Pedals de Foc Non Stop. Sin embargo conociendo un poco la orografía de la provincia de Castellón, la segunda más montañosa de España, cabía pensar que así lo sería, ya que la forma de ganar metros de desnivel en el Pirineo suele ser más constante y no tan rompe piernas. 



Tras volver de Nepal, y coincidiendo con la charla de Entrena Ilusiones en diciembre, me decanté por probar a seguir unos entrenos medianamente serios que me obligasen en parte a montar más en bici. Salir solo es "jodido" y en mi caso es en el 90% de las veces. La pereza, el Cierzo, que si va a llover, que para un rato... uno solo siempre tiene excusas y un reto me iba a cambiar ese chip. Y más bien fueron tres: Gigante de Piedra, Pax -Avant con la flaca y la Pedals de Foc. De estos tres, uno por decisión y otro por suspensión de prueba, me iba a quedar con uno.


Tras cinco meses de cumplir más o menos el entreno, conseguí sumar unos 3000 kilómetros, entre carretera, rígida y la doble, más unas cuantas decenas de series infumables de rodillo. No es una gran suma de kilómetros pero si que hay muchos metros de desnivel acumulado, ya que la cabra siempre tira para el monte y el llano no lo frecuento.


Todos estos entrenos, en su mayor parte han sido siempre en solitario, y ello fue minando mi motivación hasta que dos circunstancias hicieron que casi olvidase el reto de la Gigante y tirase la toalla. El primero fue el enorme pajarón que pillé en una ruta de carretera cuando me faltaban setenta kilómetros para llegar a casa. Había cogido muchas pájaras pero esa fue inolvidable y me hizo recapacitar qué sería de mi en una prueba de 6500 metros de desnivel y 200 kilómetros, pero en montaña. Tardé varios días en recuperarme y cuando volví a los entrenos con la rígida, descubrí que mi cuadro estaba roto.


A menos de diez días y me quedo sin bici, con la moral tocada y más tras ese último entreno de fondo con la pájara. Algunos amigos y otros que apenas me conocen me ofrecen su bici, pienso en correr con la Santa Cruz Tallboy (en muchos tramos la habría gozado..) y aprovecho para dar las gracias a mi amigo Ángel Serrano, un ex campeón de Aragón de clase, que me ofreció su bici sabiendo que era de mi misma talla y de la mala vida que iba a llevar. Al final no hizo falta, el importador de la marca, Macario, confirma que la fisura viene motivada por un golpe que ha aflorado al tiempo. Me ofertan otro cuadro y me aferro a esta opción, aún con más ganas de correr la prueba que de aplicar el sentido común. Bicis Luís Pascual me monta el cuadro la tarde anterior y hago el sábado precedente a la prueba mi propio test para confirmarme o autoexcluirme. 



Me doy una vuelta por Algairén, buscando todo lo malo durante ocho horas, hasta llegar a la hora de comer. Bajo al pueblo con 120 kms y 3100 metros de desnivel. En otros tiempos sería un vueltón, pero ahora se quedan en nada comparado con lo que se avecina la semana siguiente. Aún así, me autoconfirmo y sé que voy para allá; serán el doble de metros de desnivel y muchos más kilómetros. Pero algo ya me he dado cuenta, comer y beber sin pasar del 75-80% del pulso serán claves. La dureza psicológica la había entrenado suficiente pedaleando en solitario.



El viernes 5 de junio durante el viaje entramos en la provincia de Castellón desde Mora de Rubielos. Al pasar Cortes se confirman mis miedos y me "acojono" con la zona. Esto es "territorio comanche" y moverse por aquí cuesta hasta en coche.


En Alcora, localidad de salida, aparco la bicicleta y voy viendo los pepinos de bici y lo animada que está la población volcada en el evento. Volvemos al hotel y a seguir cargando bien de pasta y mentalizarme de lo duro del día que espera.


La salida es a las seis en punto de la mañana. El material obligatorio que figuraba en la web de la organización no es requerido y opto por no montar iluminación ya que amanece en unos minutos y no lo veo necesario. 
El comienzo de la prueba me recuerda a una carrera de Rally más que a una de larga distancia. Enseguida me paso del pulso previsto y aflojo, lo que me obliga a comerme el tapón en las sendas de los primeros kilómetros. Sin darme cuenta acabo en un grupo bastante torpe en senderos a los que no puedo pasar, bien por no arriesgar bajando o bien porque me supone exigirme más de lo necesario para lo que queda de día. Así que opto por la paciencia y en nada acabo en una pista dentro de un bello barranco en el que plato pequeño entra en acción hasta remontar a otro sendero en el que ya si conduzco más solitario.


En el avituallamiento del km. 38 ya había sumado más de 1600 metros y volvíamos de nuevo a andar para salir por otro sendero en la localidad de Castillo de Villamalefa. 



Este sendero acabó en una larga ascensión rumbo a Xodos. Una pista de buen firme y subida constante que acompañada de espectaculares paisajes, la disfruté como bien pude, sin picarme con los tira y afloja de los que venían o se quedaban. 


La localidad de Xodos se halla emplazada en una ubicación imponente, que por supuesto, la organización aprovechó para brindar una subida hasta su punto más alto por una pista endemoniadamente empinada. Entrábamos en pleno Parque Natural de Penyagolosa. Emblemático monte que se alza por encima de los 1800 metros y que da nombre a la prueba.


En Xodos ya he superado ampliamente los 2000 metros de desnivel y me recuerdo a mí mismo que ya llevo un maratón de Algairén y aún me quedan casi 140 kilómetros...
Un nuevo tramo de sendero en subida totalmente ciclable nos deposita en Vistabella y con ello ya avecino que pronto comienza una de las ascensiones más largas y que bien tengo marcada en el perfil pegado a mi cuadro. No es especialmente dura pero si muy incómoda. La rueda no pisa nada que no sea piedra y se traccionaría mejor con una doble. De nuevo pulso y comer, a razón de barrita energética a la hora. Así hasta llegar a Puertomingalvo ya en la provincia de Teruel. El acceso a la localidad al estilo de Xodos, pero está vez por un camino empedrado que todo el mundo que llevo delante lo sube a pie. Yo meto el pequeño y haciendo medias zetas lo supero montado sin tocar mucho el pulso.


Llevo 6 horas 50 minutos de pedaleo y de momento todo funciona bien. Hablo con Pilar, quien me viene siguiendo en todos los avituallamientos que puede, y con mi amigo Chus, que a pesar de no correr este año sí ha venido a ver a los amigos de su club. Le comento que hasta el momento voy guardando todo lo que puedo y me dice que sobre las ocho puedo estar en meta... Oír esto y saber que es cierto te hace pensar en la gran majarada que me he metido. Es la una del mediodía cuando marcho hacia Cortes.


De Puertomingalvo la pista pierde desnivel bruscamente, hasta el cauce del río Linares. Metido ahí abajo veo que el altímetro ha perdido quinientos metros, en nada busco en la mirada la luz de un collado. Sé que está ahí arriba y que de momento solamente puedo pedalear y tomarme como referencias el reloj que no me miente y pasa más rápido que los kilómetros. Tengo la palabra "jodida" escrita en el perfil del cuadro y sé que superada ésta ya no sumaré muchos más metros. Pista no tan rota como me esperaba y voy de menos a más adelantando y dejando a una pareja por equipos, que se vayan, porque jugar con ellos a la goma no me aporta nada.



Es casi el km.120 cuando me equivoco en un cruce que antes había sido crucial para la cabeza de carrera y en el desenlace final de la victoria. Un desvío que había que tomar a la derecha para adentrarse en un sendero técnico y de los que me gustan mucho, sino fuese porque voy con la rígida y todos esos golpes y ruidos me aparecen en la mente en forma de otro cuadro fisurado. Sendero empedrado con zetas bien reviradas con la estampa del pueblo de Cortes abajo. Ideal para disfrutarlo en una salida endurera pero hoy es otro rollo. Cuido la mecánica y el no acabar tontamente en el suelo y así alcanzo el casco urbano de Cortes de nuevo por otra subida de todo metido. Aquí hago valoración de las cerca de nueve horas que llevo pedaleando. Según el track debería llevar 4600 metros de acumulado pero no llego a los 3700. Algo falla para pensar en que llevo 3/4 partes de la prueba como me habían comentado. Decido por ello seguir guardando y pensar que comienza el "turno de tarde". Buena decisión cuando salgo del pueblo por un pateo que me obliga a echarme la bici al hombro al modo "ainsetano", solo que ahora voy en rígida con unas zapatillas de suela de carbono no propicias para este terreno. Senderos de subida y bajada por una zona de carrasca que me hacen dudar en algún cruce y me libro gracias al GPS. Así me encuentro en medio de la nada, a la corredora italiana Cati Violeta. 


Ella no había parado en Puertomingalvo y ahora iba sufriendo en los senderos, así que la paso y le confirmo que va por el "buen camino". 


La zona más pestosa de Cortes finaliza en lo más parecido a un llano que conocen en la alta provincia de Castellón. Meto el plato grande y lo muevo con ligereza hasta el último avituallamiento en el que vería a Pilar. Decido beber bien porque el calor aprieta mucho y aquí siempre toca subir, aunque esté en la parte de la prueba que más pica para abajo.


La prueba se encajona cada vez más en una orografía que ya había visto la tarde anterior desde el coche. Bajadas hasta fondos de barrancos con subidas duras y ningún tramo de descanso en las pistas. Todas las curvas se encuentran con mucho garbancillo y cualquier despiste te haría ir al suelo. Paradójicamene es en los tramos de sendero, en donde más descanso y disfruto, y así hasta llegar a Ludiente. El "coco" de la prueba ha llegado y  voy bien mentalizado.

Primeros tramos al amanecer




Llevo 11 horas y 13 minutos y estoy abajo del todo rodeado de montarrones. En este avituallamiento me pongo bien y hasta me como un bocata de sobrasada a medias con un colega llamado "Paco", con el que llevo un mano a mano de pasarme él subiendo y yo bajando. Salimos de Ludiente sobre las cinco y media de la tarde por una pista cementada de porcentaje disparado. "Paco" se queda esta vez, y más por los desarrollos de su bici, que por sus fuerzas. Una subida enorme con sendero de pateo, que podría haber luchado, pero que es absurdo hacerlo en el Km. 160. Corono yo solo y llego a una subida que ni tenía prefijada y que no es otra que una pista que subo andando durante un kilómetro escaso. En los últimos metros un espectador me empuja y aprovecho para preguntarle si alguien lo ha subido montado. Me contesta que: "ni Miltón", y yo me consuelo...pasado este punto un avituallamiento sorpresa que no aparecía y que me dio alas. Un voluntario me dice que ya está, que ahora ya no queda nada, que son poco más de 25 kilómetros. Le digo que no le creo y que aquí los kilómetros valen poco y que hace rato que las distancias solamente las miro en horas. Así salimos mi "amigo Paco" y yo, a buen ritmo, y me va comentado lo que queda en un tramo que ya habíamos pasado por la mañana, por lo que uno de los senderos lo haremos de bajada. En la parte más técnica,  Paco se queda y yo como un yonqui de la btt aprieto y conduzco la pobre Stevens sin pensar en las consecuencias de ir tan rápido. Voy un poco flipado de seguir teniendo fuerzas y siento el frescor de la tarde con el sol ya en descenso.


La última subida de mi perfil la asumo sin miramientos pero cuando bajo hasta el fondo del barranco, junto a Figueroles, me imagino que algo quedará. Llevo rato poniéndome en la mente del organizador y sé que no regala nada. Cruzo el río y subo al pueblo, mitad andando mitad en bici, por un sendero recién desbrozado.



Paso de largo el último avituallamiento y meto el plato grande hasta una zona técnica dentro del cauce seco de un río. Tramo pedrolero en el km. 195, pero que hago montado. Esto se acaba y saboreo los dos últimos kilómetros sabiendo que la paciencia ha tenido recompensa. Son cerca de las ocho de la tarde, mi cuentakilómetros marca 202 kilómetros y el barométrico 5900 metros de desnivel; han sido 13 horas y dos minutos en movimiento, pedaleando, conduciendo por pistas y senderos, o simplemente a pie. Parado o descansando 49 minutos en avituallamientos con voluntarios que se merecen el 10.



He finalizado la Non-Stop más dura de España como dicen los organizadores. Acabo entero y contento por haber ido de menos a más. Me dicen que he entrado el 56 de la general y 28 Élite. A la barbaridad de 3 horas y 10 minutos del primero, Miltón Ramos, beneficiado del error de Tinker Juarez, al seguir a la moto en un tramo en el que no debía hacerlo. Pienso en lo máquina del americano a sus 55 años que habría ganado de calle. Y cómo tres kilómetros y poco en una media marcan tanta diferencia. 
Los últimos llegarían ya bien entrada la noche, con 17 horas y 45 minutos desde la salida (23:45 h). Para ellos un aplauso de recompensa más que a muchos, en los que el entreno, y la genética nos hayan venido más de cara.


Durísima prueba en las cifras y en el recorrido. Esta provincia no da para treguas y el futuro dirá si se consolida como un reto y aumenta año tras año su participación. Hemos sido 255 participantes los que hemos finalizado el reto de los más de 400 inscritos. Averías, caídas, calambres, agotamiento...todo puede pasar en más de doce horas de pedaleo. Una salvajada que no puede ser menos si quiere seguir presumiendo de su dureza. Suavizarla no tendría sentido.