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martes, 24 de noviembre de 2015

OTOÑO NAVARRO


La riqueza de la bicicleta de montaña como deporte no radica exclusivamente en lo físico. No solamente se precisa o se consigue con ella un buen estado de forma, sino que enriquece el alma si a ella le añadimos el viajar y romper con la monotonía de nuestros paisajes y senderos. Cambiar esos paisajes puede suponer para muchos de los países que acompañamos en este primer mundo, en verdaderos viajes. Sin embargo aquí tenemos la suerte de recorrer sólo 200 kilómetros, y cambiar de la Ibérica Zaragozana a los hayedos más espectaculares.


Aunque la variedad de colores del otoño ya había desaparecido,  teníamos la ventaja de ciclar por auténticas alfombras de hojas que todo lo envuelven.



Los senderos apenas se distinguen y su trazado en largas laderas sigue la lógica de las curvas de desnivel sin alterar en nada el entorno.


Cualquiera de nosotros perderíamos continuamente la trazada y solamente el track del GPS nos guiaría por la linea del sendero.


Si vas detrás de una buena rueda y tienes fe en la misma, podrás llegar a intentar seguir el ritmo de los locales, aunque nosotros siempre desconfiaremos en lo que habrá debajo de esa hojarasca, pensando en piedras y palos que interrumpan nuestra velocidad, a veces desmesurada.


Acostumbrados a la piedra y a la sequía no será fácil. Aquí todo resbala y los tacos de las cubiertas se mimetizan rápido con el terreno sobre el que ruedan.


La pluviometría unida a la latitud lo convierten todo en un mundo completamente diferente 


Silencio interrumpido solamente por el crujir de las hojas en el avance de la bicicleta



En los collados es en donde se aprecia la gran extensión de estos bosques. Dentro de ellos perdemos rápidamente toda referencia y orientación


El marrón ya se ha teñido de blanco y muchos de los que frecuentan estos bosques con sus bicicletas lo recorrerán con sus esquís de montaña. Pocos kilómetros tendrán que recorrer si quieren rodar de nuevo sus bicicletas por costas, desiertos, estepas o bosques mediterráneos. Gran suerte la nuestra.

jueves, 6 de agosto de 2015

HAYEDOS NAVARROS


Hacía cuatro años que mi amigo Josean no salía de los dominios de Algairén y el Circuitillo Albarcudo. Un tiempo en el que ha estado cambiando pañales como si de un trabajador de una cadena de montaje se tratase. Durante este verano unos cuantos madrugones y salidas a horas intempestivas le han valido para aprovechar el tiempo y recuperar la forma física perdida. Ha vuelto a retomar la bici en un tiempo en el que la industria de la bicicleta ha crecido con la misma rapidez que sus mellizos. Su bicicleta de 26" ya no tiene apenas homólogas en el club y sin embargo sigue bajando y subiendo como el "pepino" que fue antes de la erupción de las 29" y 27,5".


La primera ruta fuera de los dominios debía ser a la altura, y así fue cuando Josean se unió a una ruta por la costa vasca, huyendo del abominable calor de la Depresión del Ebro. Sin embargo, las lluvias nos obligaron a un cambio a última hora a una de las zonas más bellas del Pirineo Navarro. Una ruta nueva para nosotros y bien conocida por nuestro guía local JavitoBike.


Tras bajarnos del coche, en lo más alto de uno de los puertos de la Comunidad Foral, el cambio del tiempo no pudo ser más brutal. Pasábamos a unos 17ºC que no veíamos desde comienzos del mes de mayo y una humedad típica del otoño navarro. Rampones brutales con tramos hormigonados nos pusieron rápido las pilas mientras la humedad y la niebla nos iban calando.


Llegaron los tramos de sendero dentro de los mágicos hayedos de la zona. Son paisajes de ensueño en los que hoy todo resbala y te hacen amoldarte a ellos como un escalador a una roca que le es totalmente diferente. En escalada deportiva siempre se decía que un buen escalador debía serlo en todo tipo de roca, y aquí en la BTT ocurre algo parecido. Los dispares terrenos sobre los que rodamos en nuestra geografía nos dan riqueza en lo técnico. Ciclar por senderos desérticos a extremadamente húmedos en tan apenas 100 kilómetros de coche, creo que no ocurre en ningún país del mundo. 



Mientras Javito nos recordaba la mala suerte de vernos mermados de las vistas por culpa de la niebla, nosotros nos sentíamos afortunados por vivir la magia de la misma, en un bosque tan espeso que impide la entrada de la luz solar hasta nuestro sendero apenas dibujado entre la hojarasca.



La vuelta al valle donde iniciamos la ruta nos introdujo en la frontera francesa. Hoy esa niebla no distingue de lineas ni culturas. Las vacas que surgen como arte de magia lo saben bien cuando pastan en estas praderas en las que los ganaderos franceses y españoles poseen pactos de pastoreo desde hace centenares de años.




Coronado el collado la niebla se transformó en lluvia y rápidamente nos tiramos ladera abajo sin importarnos el barro y el agua.  



Un día especial en el que a Josean, sin estar en su mejor golpe de pedal, no le importó en absoluto compartir ruta con Javito y conmigo. Dan igual los horarios y los ritmos en rutas como ésta. Solamente estar en lugares como los hayedos navarros en un día como hoy bastan para olvidarse del mundo real.